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sábado, 29 de octubre de 2011

13. Las lanzas coloradas. Arturo Uslar Pietri

Sinópsis
La novela tiene por contexto la guerra de independencia en lo que fuera la Capitanía General de Venezuela. En la breve extensión de la novela se condensa una variedad de personajes de distinta condición, destacando entre ellos el hacendado Fernando Fonta, joven soñador y de escaso temple, seducido por el idealismo de la causa independentista; y su brutal capataz, Presentación Campos, mulato fuerte, bravucón y de imponente presencia; ávido de acción y de gloria guerrera, Campos solivianta a los esclavos que dirige, destruye la hacienda y se pliega al ejército del general Boves, jefe realista famoso por su crueldad. Mientras Campos va en busca de la guerra y disfruta de sus atrocidades, el hacendado la padece. En compañía muy diversa –Fonta con sus dos amigos, uno de ellos un oficial inglés, Campos a la cabeza de los esclavos sublevados-, guiados por motivos contrapuestos, recorren ambos los amplios llanos venezolanos hasta toparse con los bandos en liza. La que hay es una guerra salvaje.Uslar Pietri no se va con medias tintas al representarla, pero tampoco hace de su novela libelo acusatorio ni folletín propagandístico. Lejos de formular discursos aleccionadores, se aplica a enfocar la lente en la violencia desatada, en la que los personajes no sirven más que de peones.


Edición recomendada 
Nº de páginas: 304 págs. 
Editorial: Cátedra
Lengua: Castellano
Encuadernación: Tapa blanda 
ISBN: 9788437612034 
Año edicón: 1993 
Plaza de edición: Madrid


El autor
Novelista venezolano cuyo interés por su país queda claramente reflejado en su obra narrativa y en su actividad política. Es Doctor en Ciencias Políticas y Económicas y ha sido ministro de Educación (1939-1941) y de Hacienda (1939-1941) y redactor de la Ley de Educación de su país conocida como "Ley Uslar Pietri" (1940). Con el derrocamiento del presidente Medina fue encarcelado y desterrado a Estados Unidos. A su regreso a Venezuela, en 1958, de nuevo es detenido por el dictador Pérez Jiménez. En 1963 fue candidato a presidente de la República. Es miembro numerario de diversas Academias, entre ellas la de Lengua; ha conseguido grandes premios entre ellos el Premio Nacional de su país en 1954 y el Príncipe de Asturias de las letras en 1990. La novela histórica Las lanzas coloradas (1931) representa a la perfección sus primeras obras. En ella, con el fondo de la guerra de independencia de Venezuela, describe los acontecimientos de ese periodo a través de las experiencias de un propietario agrícola simpatizante de Simón Bolívar y de un capataz que apoya la causa de los españoles. El rechazo del autor venezolano a transmitir mensajes sencillos y a estructurar su obra con fines didácticos, la hace especialmente poco convencional. Una novela posterior, Un retrato en la geografía (1962), es un original retrato a la sociedad venezolana que consigue transmitir al lector la alienación humana a través de las impresiones que un prisionero político recién liberado va haciendo del nuevo paisaje social que encuentra a su salida de la cárcel. Publicó también una colección de relatos breves, Treinta hombres y sus sombras, en 1949. Uslar Pietri ha cultivado también el ensayo literario como Breve historia de la novela hispanoamericana (1955). Premio Príncipe de Asturias en 1990 y Rómulo Gallegos en 1991. © eMe



Texto seleccionado
Viene. Aquel hombre que lo ha obsesionado. Que ha obsesionado toda la tierra de Venezuela. Está llegando. Va a pasar junto a él. Podrá verlo pasar a caballo. Haciendo un esfuerzo le verá la cara por entre las rejas del ventanillo.
“El griterío inunda las paredes, el techo, la sombra, y fatiga el delirio del herido. Siente el hervor de la sangre, de la sombra, de la tierra. Pasan como legiones de alas por el aire. Todo se estremece Comprende que está llegando algo que no a ver sino una vez en su vida. Afuera las voces llegan al paroxismo. Rueda, rueda y crece, crece como una rueda, y llega, llega. Se aproximan inminentemente. Resuenan junto a la pared. Llegan a la ventana. Estallan sobre ella.





9. El hereje. Miguel Delibes

Sinópsis
Dedicada a "Valladolid, mi ciudad", la por ahora última novela publicada por M. Delibes, es, en sus propias palabras, la más "ambiciosa y compleja" de cuantas ha escrito.
El mismo año en que Lutero provoca el cisma de la Iglesia Romana, 1517, nace en Valladolid Cipriano Salcedo, hijo de un comerciante en lanas y comerciante y fabricante de ropas él mismo, que por razones más sentimentales y afectivas que de conciencia, se adhiere a la secta protestante fundada y dirigida en Valladolid por el Doctor Cazalla. La Inquisición corta de raíz este cisma, y condena a la hoguera a sus seguidores, entre ellos a Cipriano Salcedo.
La peripecia humana y espiritual de este hombre honesto -un perdedor más de la galería de personajes delibeanos-, sirve a Delibes para trazar una recreación magistral del Valladolid de la época de Carlos I, de sus gentes y costumbres, de la agitación política y religiosa del momento y, sobre todo, de la lucha del ser humano por alcanzar la verdad y por defender a toda costa su libertad de conciencia.


Edición recomendada 
Nº de páginas: 432 págs
Editorial: Destino
Lengua: Castellano
Encuadernación: Tapa blanda 
ISBN: 9788423340873 
Año edicón: 2008 
Plaza de edición: Barcelona


El autor
Miguel Delibes Setién. (Valladolid, 17 de octubre de 1920 - Valladolid, 12 de marzo de 2010). Novelista español. Doctor en Derecho y catedrático de Historia del Comercio; periodista y, durante años, director del diario El Norte de Castilla.
Su sostenida labor como novelista se inicia dentro de una concepción tradicional con La sombra del ciprés es alargada, que obtiene el Premio Nadal en 1948.
Publica posteriormente Aún es de día (1949), El camino (1950), Mi idolatrado hijo Sisí (1953), La hoja roja (1959) y Las ratas (1962), entre otras obras. En 1966 publica Cinco horas con Mario y en 1975 Las guerras de nuestros antepasados; ambas son adaptadas al teatro en 1979 y 1990, respectivamente. Los santos inocentes ve la luz en 1981 (y es posteriormente llevada al cine por Mario Camus); más adelante publica Señora de rojo sobre fondo gris (1991) y Coto de caza (1992), entre otras.
Su producción revela una clara fidelidad a su entorno, a Valladolid y al campo castellano, y entraña la observación directa de tipos y situaciones desde la óptica de un católico liberal. La visión crítica -que aumenta progresivamente a medida que avanza su carrera- alude sobre todo a los excesos y violencias de la vida urbana.
Entre los motivos de su obra destaca la perspectiva irónica frente a la pequeña burguesía, la denuncia de las injusticias sociales, la rememoración de la infancia (por ejemplo en El príncipe destronado, de 1973) y la representación de los hábitos y el habla propia del mundo rural, muchos de cuyos términos y expresiones recupera para la literatura.
Delibes es también autor de los cuentos de La mortaja (1970), de la novela corta El tesoro (1985) y de textos autobiográficos como Un año de mi vida (1972). En 1998 publica El hereje, una de sus obras más importantes de los últimos tiempos.
Considerado uno de los principales referentes de la literatura en lengua española, obtiene a lo largo de su carrera las más destacadas distinciones del ámbito literario: el Premio Nadal (1948), el Premio de la Crítica (1953), el Príncipe de Asturias (1982), el Premio Nacional de las Letras Españolas (1991) y el Premio Miguel de Cervantes (1993), entre otros.



Crítica literaria de Juan Manuel González (Delibros)

Esta obra es su texto más extenso y supone su primer acercamiento a la novela de ambientación histórica. Los hechos y protagonistas narrados están basados en hechos reales y cuenta el proceso y ejecución de un grupo de reformistas en el Valladolid de la Contrarreforma. A través de las peripecias vitales y espirituales de Cipriano Salcedo, Delibes dibuja un retrato de la Valladolid de la época de Carlos V.
El mismo año en que Lutero provoca el cisma de la Iglesia Romana, 1517, nace en Valladolid Cipriano Salcedo, hijo de un comerciante en lanas y comerciante y fabricante de ropas él mismo, que por razones más sentimentales y afectivas que de conciencia, se adhiere a la secta protestante fundada y dirigida en Valladolid por el Doctor Cazalla. La Inquisición corta de raíz este cisma y condena a la hoguera a sus seguidores, entre ellos a Cipriano Salcedo.
La peripecia humana y espiritual de este hombre honesto -un perdedor más de la galería de personajes delibeanos-, sirve a Delibes para trazar una recreación magistral del Valladolid de la época de Carlos I, de sus gentes y costumbres, de la agitación política y religiosa del momento y, sobre todo, de la lucha del ser humano por alcanzar la verdad y por defender a toda costa su libertad de conciencia.
Pero El hereje es también (o quizás sobre todo) una indagación sobre las relaciones humanas, es la historia de unos hombres y mujeres en lucha consigo mismos y con el mundo que les ha tocado vivir.
“El hereje es una novela en la que Delibes ha condensado buena parte de sus ideas y de las técnicas pulidas a través de su largo itinerario narrativo. Retoma su tradicional preocupación por la observación y defensa de los humillados y ofendidos, de aquellos que en toda latitud y en todo siglo son víctimas del poder, la incomprensión o la intolerancia. Y en esta línea, tal vez El hereje sea una gran metáfora universal, por encima del tiempo y del espacio, que entronca directamente incluso con alguno de los aspectos más sectarios y tristes de nuestro presente.
Esta intencionalidad ética relaciona esta novela con el resto de su obra, a la que también une la calidad y profundidad del trabajo estrictamente literario. Sin embargo, El hereje se diferencia y adquiere perfiles muy propios por al menos tres razones: es una novela histórica de una pieza, toma al maridaje entre la religión y el poder como uno de los ejes narrativos, y ofrece unos ribetes erótico-sociales poco frecuentes en el quehacer de Delibes. Género difícil, la novela histórica encuentra así un hueco en el patrimonio de nuestro escritor, y lo hace sin fisuras, siguiendo un modelo casi clásico; mientras la crítica de la coyunda política-religión se dibuja clara, y las contradicciones de la conducta social, la doble moral y la inclinación a las pasiones poco confesables son manejadas literariamente sin rebozo, por un autor siempre poco dado a los cuadros naturalistas.
Evidentemente hay más cosas en los hermosos y sopesados párrafos de El hereje, tanto en el ámbito de lo narrativo como en el fondo conceptual y reflexivo de esta novela. Entre otras, el cincelado de los personajes principales –la mayoría abocados a la traición o la cobardía-, la casi inexistencia de anacronismos en la expresión, y la percepción de que sólo la cultura, su extensión y profundización, pueden frenar el sectarismo, la represión, el miedo y el autoritarismo.
Pero esa meditación plural no se realiza dentro de un discurso desabrido, didáctico o deslizado hacia lo ensayístico, sino que tiene lugar en un molde argumental atractivo, rebosante de elementos propios de la narración y además expresado con un lenguaje lustrado, exacto, antiguo mas no arcaico, que sin necesidad de forzar a la magín –y sin raer de la memoria- nos reafirma una vez más que Miguel Delibes es garantía viva de la lengua castellana”



Texto seleccionado
Desde lo alto del borrico, Cipriano divisó las hileras de palos, las cargas de leña, a la vera, las escalerillas, las argollas para amarrar a los reos, las nerviosas idas y venidas de guardas y verdugos al pie. La multitud apiñada prorrumpió en gran vocerío al ver llegar los primeros borriquillos. Y al oír sus gritos, los que entretenían la espera a alguna distancia echaron a correr desalados hacia los postes más próximos. Uno a uno, los asnillos con los reos se iban dispersando, buscando su sitio. Cipriano divisó inopinadamente a su lado el de Pedro Cazalla, que cabalgaba amordazado, descompuesto por unas bascas tan aparatosas que los alguaciles se apresuraron a bajarle del pollino para darle agua de un botijo. Había que recuperarlo. Por respeto a los espectadores había que evitar quemar a un muerto. Luego, alzó la cabeza y volvió la vista enloquecida hacia el quemadero. Los palos se levantaban cada veinte varas, los más próximos al barrio de Curtidores para los reconciliados, y, los del otro extremo, para ellos, para los quemados vivos, por un orden previamente establecido: Carlos de Seso, Juan Sánchez, Cipriano Salcedo, fray Domingo de Rojas y Antonio Herrezuelo.



7. Un viejo que leía poemas de amor. Luis Sepúlveda

Sinópsis
Antonio José Bolívar Proaño vive en El Idilio, un pueblo remoto en la región amazónica de los indios shuar (mal llamados jíbaros), y con ellos aprendió a conocer la Selva y sus leyes, a respetar a los animales y los indígenas que la pueblan, pero también a cazar el temible tigrillo como ningún blanco jamás pudo hacerlo. Un buen día decidió leer con pasión las novelas de amor -«del verdadero, del que hace sufrir»- que dos veces al año le lleva el dentista Rubicundo Loachamín para distraer las solitarias noches ecuatoriales de su incipiente vejez. En ellas intenta alejarse un poco de la fanfarrona estupidez de esos codiciosos forasteros que creen dominar la Selva porque van armados hasta los dientes pero que no saben cómo enfrentarse a una fiera enloquecida porque le han matado las crías. Descritas en un lenguaje cristalino, escueto y preciso, las aventuras y las emociones del viejo Bolívar Proaño difícilmente abandonarán nuestra memoria. 


Edición recomendada
Número de páginas: 136
Editorial: Tusquets
Año de edición: 2009
ISBN: 978-84-8383-530-2
País edición: España



El autor 
Luis Sepúlveda nació en Ovalle, Chile, en 1949. Ha recorrido desde muy joven casi todos los territorios posibles de la geografía y las utopías, y de esa vida inquieta y agitada ha sabido dar cuenta, como dotadísimo narrador de historias, en apasionantes relatos y novelas. Es autor de la novela Un viejo que leía novelas de amor, traducida a numerosos idiomas, con ventas millonarias y llevada al cine con guión del propio Sepúlveda, bajo la dirección de Rolf de Heer y protagonizada por Richard Dreyfuss. Le siguieron Mundo del fin del mundo, un libro entre la investigación y la denuncia; Nombre de torero, su particular novela negra; Patagonia Express, un libro de viajes autobiográfico; Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, una inteligente narración para niños, y dos recopilaciones de relatos: Desencuentros y Diario de un killer sentimental, seguido de Yacaré. Es también autor de La lámpara de Aladino..



6. El arte de la fuga. Sergio Pitol

Sinopsis
El personaje central de este libro se fuga de una celda para encontrarse prisionero en otra que podría ser el paraíso, aunque él se encargará de convertir ese Edén en un sitio irrisorio pero a la vez entrañable. 


Edición recomendada
Edición recomendada 
Nº de páginas: 306 
Editorial: Anagrama
Lengua: Castellano
Encuadernación: Tapa blanda 
ISBN: 978843391054X
Año edicón: 1997
Plaza de edición: Barcelona


El autor
Sergio Pitol Demeneghi escritor, traductor y diplomático mexicano nacido en Puebla, el 18 de marzo de 1933. Su vocación de escritor lo ha volcado hacia la promoción de los derechos humanos en México y al cuestionamiento de orientaciones políticas que coloquen al ser humano por debajo de la razón de Estado.
Se licenció en derecho en la UNAM, y ha sido titular de esa carrera en la UNAM, la Universidad Veracruzana, en Xalapa y en la Universidad de Bristol. Es miembro del Servicio Exterior mexicano desde 1960, para el que ha trabajado como Agregado Cultural en París, Varsovia, Budapest, Moscú y Praga (según sus propias declaraciones, su paso por Moscú afianzó en él su afición por la literatura rusa en general y por Tolstoi en particular).
Además ha tenido estancias de estudio y trabajo en Roma, Pekín y Barcelona. En esta última ciudad vivió entre 1969 y 1972 trabajando como traductor para varias editoriales, entre ellas Seix Barral, Tusquets y Anagrama (la cual publica sus obras en España). Ha escrito No hay tal lugar (1967), Infierno de todos (1971), Los climas (1972), El tañido de una flauta (1973), Asimetría (1980), Nocturno de Bujara (1981), Cementerio de tordos (1982), Juegos florales (1985), El desfile del amor (1985), Domar a la divina garza (1988), Vals de Mefisto (1989), La casa de la tribu (1989), La vida conyugal (1991) y El arte de la fuga (1996).
Pitol es también conocido por sus traducciones al español de novelas de autores clásicos en lengua inglesa, como Jane Austen, Joseph Conrad y Henry James, entre otros. Es premio Cervantes 2005.


La crítica de Marta Rivera de la Cruz
Es difícil encontrar un libro como la última producción literaria de Segio Pitol (México, 1933). Estamos ante un texto escrito desde el optimismo, desde la calma, desde el sosiego. Un libro que recuerda a quien lo lee que el mundo está lleno de lugares hermosos, de libros que merece la pena leer, de personajes interesantes, de rincones por descubrir, que hace caer en la cuenta que, como escribe el propio Pitol, "la vida es portentosa".
Pitol nos lanza de bruces y sin previo aviso a una geografía desordenada; es casi imposible trazar un mapa de este libro: las reflexiones y los escritos nos trasladan de Siena a Roma, de Roma a Varsovia, de Varsovia a Praga, a Venecia o a Chiapas, a la Barcelona de la "gauche divine"... en fin, a todos los lugares que forman parte del pasado cosmopolita del autor. Porque este libro es, de algún modo, la recuperación de un pasado al que se llega sin seguir otro itinerario que la carretera desordenada de la memoria. Con una generosidad sin límites, el autor recupera para el lector los instantes felices de otros tiempos. Sin embargo, las páginas no están construidas en función de la nostalgia: sólo hay recuerdos lúcidos, rescatados de un modo deliberado y consciente y no después de un súbito ataque de melancolía. De las palabras de Pitol se desprende una serenidad desconocida, y el lector no puede por menos que sentirse admirado de la capacidad del autor para defender a ultranza, pero sin ruido ni estridencias, los valores universales del respeto o la tolerancia. No hay lugar para la amargura, no hay lugar para los reproches. Este es el texto de un hombre que se encuentra en paz consigo mismo y con su propia historia, y que reconoce "este libro es en cierta manera una recopilación de desagravios y lamentaciones, un intento de apaciguar desasosiegos y cauterizar heridas".
El libro se divide en cuatro partes, que no me atrevo a llamar capítulos. En el primero de ellos, "Memoria", los recuerdos de Pitol reservan al lector muchas sorpresas agradables, nacidas muchas de ellas del inveterado optimismo del propio autor. Casi al principio del libro, por ejemplo, el retrato de una Venecia que el autor tiene que ver distorsionada: sufre de un defecto de visión y ha perdido sus gafas. Del contratiempo saca Pitol un motivo de regocijo: "Veía y no veía -escribe- captaba fragmentos de una realidad mutable (...) A medida que la niebla velaba aún más la visión de palacios, puentes y plazas, mi felicidad crecía". Es el descubrimiento de una realidad distinta, de una realidad sólo asequble a aquellos que se den la oportunidad de ver las cosas de un modo que no tiene por qué ser el habitual. Contemplar Venecia sin gafas es un modo de abordar la realidad desde otro ángulo, y preguntarse al fin cuál de las dos visiones (la distorsionada o la que aceptamos como real) puede considerarse mejor. Es el propio Pitol quien resuelve el dilema: "Todos los tiempos son en el fondo un tiempo único. Venecia comprende y está comprendida en todas las ciudades (...) Cada uno de nosotros es todos los hombres (... ) y sólo Venecia, con su absoluta individualidad, iba a revelarle ese secreto".
"Cada uno de nosotros es todos los hombres", escribe Pitol. De esa máxima nace quizá su tendencia a la generosidad, a la comprensión: no encontramos en el libro juicios de valor, ni de ninguna otra clase. Sólo capacidad y disposición para entender y asimilar todas las cosas, aún las más complicadas y las más divergentes. Es conmovedora la serenidad con que Pitol enfrenta un tema tan recurrente como angustioso: el paso del tiempo, que el autor encara con calma, sin dramatismos. Escribe Pitol: "Revisar el pasado significa, entre otras tristezas, contemplar un mundo que es y al mismo tiempo ha dejado de ser el mismo". Sin embargo, hay cierto deleite en esa revisión del pasado: "La memoria trabaja con la misma lógica oblicua y rebelde de los sueños. Hurga en los pozos ocultos y de ellos extrae visiones que, a diferencia de las de los sueños, son casi siempre placenteras".
Hay también en estas páginas de "Memoria" concesiones oníricas, como el ensayo "Sueños nada más" o el mismo "Vindicación de la hipnosis". Junto a estos textos, el autor nos regala unas páginas de un diario llevado durante su etapa en Barcelona y del que se desprende el proceso gradual del cambio de circunstancias que convierte una ciudad indeseable en aquella que no cambiaríamos "por ninguna otra ciudad del mundo".
La compilación de ensayos bajo el título "Escritura" constituyen un homenaje a las tareas de creación. Pitol escribe sobre el germen de las primeras historias, tan cierto como impreciso: "ese largo deambular desde unas cuantas imágenes perdidas en la memoria hasta su fijación en el papel sigue constituyendo para mí un misterio"; el humilde reconocimiento de la angustia del autor ante la crítica: "Me agrada -escribe Pitol- imaginar a un autor a quien ser demolido por la crítica no le amedrentara..." El escritor ofrece también lo que podría considerarse una definición del novelista: "Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces (...) Con ellas va trazando el mapa de su vida. Sabe que cuando ya no pueda hacerlo le llegará la muerte, no la definitiva, sino la muerte en vida, la hibernación, la parálisis, lo que es infinitamente peor", y también una defensa encendida de la novela, de la que escribe "Hoy vive uno de sus grandes momentos".
Si a lo largo de las páginas las menciones a otros autores son interminables (de Borges a Gombrowitz, de María Zambrano a Carlos Fuentes, de Shakespeare a Cervantes...), en la tercera parte del libro, "Lecturas", Sergio Pitol se centra definitivamente en las obras de otros maestros: se trata de una serie de ocho ensayos literarios sobre distintas obras de autores diferentes, que revela más a un excelente lector que a un crítico a secas. Pitol pretende ir mucho más allá de la crítica literaria: su intención no es la de diseccionar un libro, sino sencillamente comprenderlo y hacerlo comprensible, entender a sus personajes, justificar los motivos que los impulsan a actuar y, sobre todo, demostrar por qué razón los grandes son grandes. Lo cual, viniendo de alguien que también ejerce el oficio de escritor, es una muestra más de la inmensa generosidad de Sergio Pitol.
La última parte del libro, "Viaje a Chiapas" constituye, como indica su título, el relato de la visita del autor a la zona del conflicto. De él se ofrece una visión conciliadora, una perspectiva lúcida orquestada en la capacidad para escuchar y en la necesidad de comprender posturas contrapuestas y de asimilar no sólo las distintas vertientes del conflicto, sino la imagen caleidoscópica de las culturas de los indios mejicanos. Pitol cierra el libro con unas líneas emotivas: "si bien es cierto que vivimos tiempos crueles, también es cierto que estamos en tiempo de prodigios".

 

5. El amor en tiempos del cólera. Gabriel García Márquez

Sinópsis
De jóvenes, Florentino Ariza y Fermina Daza se enamoran apasionadamente, pero Fermina eventualmente decide casarse con un médico rico y de muy buena familia. Florentino está anonadado, pero es un romántico. Su carrera en los negocios florece, y aunque sostiene 622 pequeños romances, su corazón todavía pertenece a Fermina. Cuando al fin el esposo de ella muere, Florentino acude al funeral con toda intención. A los cincuenta años, nueve meses y cuatro días de haberle profesado amor a Fermina, lo hará una vez más.
Con sagacidad humorística y depurado estilo, García Márquez traza la historia excepcional de un amor que no ha sido correspondido por medio siglo. Aunque nunca parece estar propiamente contenido, el amor fluye a través de la novela de mil maneras –alegre, melancólico, enriquecedor, siempre sorprendente-.


Edición recomendada 
Nº de páginas: 504 págs. 
Editorial: Mondadori
Lengua: Castellano
Encuadernación: Tapa blanda 
ISBN: 9788439703853 
Año edicón: 1999 
Plaza de edición: Barcelona



El autor
scritor, periodista y premio Nobel colombiano. Nació en Aracataca y se formó inicialmente en el terreno del periodismo. Fue redactor de El Universal, un periódico de Cartagena de Indias durante 1946, de El Heraldo en Barranquilla entre 1948 y 1952, y de El Espectador en Bogotá a partir de 1952. Entre 1959 y 1961, trabajó para la agencia cubana de noticias, La Prensa, en su país, en la Habana y en Nueva York. Debido a sus ideas políticas izquierdistas, se enfrentó con el dictador Laureano Gómez y con su sucesor, el general Gustavo Rojas Pinilla, y hubo de pasar las décadas de 1960 y 1970 en un exilio voluntario en México y España. Sus novelas más conocidas son Cien años de soledad (1967), que narra en tono épico la historia de una familia colombiana, y en la cual se pueden rastrear las influencias estilísticas del novelista estadounidense William Faulkner, y El otoño del patriarca (1975), en torno al poder y la corrupción políticos. Crónica de una muerte anunciada (1981) es la historia de un asesinato en una pequeña ciudad latinoamericana, mientras que El amor en los tiempos del cólera (1985) es una historia de amor que se desarrolla también en Latinoamérica. El general en su laberinto (1989), por otro lado, es una narración ficticia de los últimos días del revolucionario y hombre de estado Simón Bolívar. También es autor de varios libros de cuentos como La increíble y triste historia de Eréndira y de su abuela la desalmada (1972) o Doce cuentos peregrinos (1992). García Márquez ha despertado admiración en numerosos países occidentales por la personalísima mezcla de realidad y fantasía que lleva a cabo en sus obras narrativas, situadas siempre en Macondo, una imaginaria ciudad de su país. Su última obra publicada, Noticia de un secuestro (1996), es un reportaje novelado sobre el narcoterrorismo colombiano. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982 y fue formalmente invitado por el gobierno colombiano a regresar a su país, donde ejerció de intermediario entre el gobierno y la guerrilla a comienzos de la década de los ochenta.  © eMe


Texto seleccionado
Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino
de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la
casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso
que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano
Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de
ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un
sahumerio de cianuro de oro.
Encontró el cadáver cubierto con una manta en el catre de campaña donde había
dormido siempre, cerca de un taburete con la cubeta que había servido para vaporizar el
veneno. En el suelo, amarrado de la pata del catre, estaba el cuerpo tendido de un gran
danés negro de pecho nevado, y junto a él estaban las muletas. El cuarto sofocante y
abigarrado que hacía al mismo tiempo de alcoba y laboratorio, empezaba a iluminarse
apenas con el resplandor del amanecer en la ventana abierta, pero era luz bastante para
reconocer de inmediato la autoridad de la muerte. Las otras ventanas, así como cualquier
resquicio de la habitación, estaban amordazadas con trapos o selladas con cartones
negros, y eso aumentaba su densidad opresiva. Había un mesón atiborrado de frascos y
pomos sin rótulos, y dos cubetas de peltre descascarado bajo un foco ordinario cubierto
de papel rojo. La tercera cubeta, la del líquido fijador, era la que estaba junto al cadáver.
Había revistas y periódicos viejos por todas partes, pilas de negativos en placas de vidrio,
muebles rotos, pero todo estaba preservado del polvo por una mano diligente. Aunque el
aire de la ventana había purificado el ámbito, aún quedaba para quien supiera
identificarlo el rescoldo tibio de los amores sin ventura de las almendras amargas. El
doctor Juvenal Urbino había pensado más de una vez, sin ánimo premonitorio, que aquel
no era un lugar propicio para morir en gracia de Dios. Pero con el tiempo terminó por
suponer que su desorden obedecía tal vez a una determinación cifrada de la Divina
Providencia.

3. Poemas humanos. César Vallejo

Sinópsis
Poemas humanos es el título de un conjunto de poemas escritos por el poeta peruano César Vallejo, entre 1931 y 1937, y que fueron publicados póstumamente, organizados en un volumen, bajo la supervisión de Georgette Vallejo (viuda del poeta) y Raúl Porras Barrenechea, y con colofón de Luis Alberto Sánchez y Jean Cassou (París, Les Editions des Presses Modernes au Palais Royal, julio de 1939).



Edición recomendada 
Nº de páginas: 296 págs. 
Editorial: Cátedra
Lengua: Castellano
Encuadernación: Tapa blanda 
ISBN: 9788437607313 
Año edicón: 1988 
Plaza de edición: Madrid



El autor
Nació el 16 de marzo de 1892 en la ciudad andina de Santiago de Chuco del norte del Perú. De família mestiza, fue el menor de once hermanos y creció en medio de una gran devoción cristiana, su familia deseaba que se convirtiera en cura. Completó secundaria en la ciudad de Huamachuco en 1908 y obtuvo su bachillerato de letras en la universidad de Trujillo en 1916 escribiendo dos años más tarde su primer libro de Poesía llamado "Los Heraldos Negros" (impreso en 1918, circula en 1919), uno de los más representativos ejemplos del posmodernismo. En 1920 regresa a su pueblo natal, donde debido a unos problemas es encarcelado; esta experiencia tendrá una crítica y permanente influencia en su vida y obra, y se refleja de modo muy directo en varios poemas de su siguiente libro, Trilce (1922). Un año después parte para París, donde permanecerá (con algunos viajes a la Unión Soviética, España y otros países europeos) hasta el fin de sus días. Estos años estuvieron marcados por una gran pobreza y un intenso sufrimiento físico y moral. Conoció a poetas como Huidobro, Gerardo Diego, Juan Larrea y Juan Gris, con los que participó en actividades de sesgo vanguardista, pero pronto abjura de su propio Trilce y hacia 1927 aparece firmemente comprometido con el marxismo y su activismo intelectual y político. Trabajó para periódicos y revistas, escribió piezas teatrales, relatos y ensayos de intención propagandística, como Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin (1931). Inscrito en el Partido Comunista de España (1931) y nombrado corresponsal, sigue de cerca las acciones de la Guerra Civil y escribe su poema más político: España, aparta de mí este cáliz, que aparece en 1939 impreso por soldados del ejército republicano. Toda la obra poética escrita en París, y que publicó en diversas revistas, se recopiló con el título Poemas humanos (1939). Falleció el 15 de abril de 1938.



El poema recomendado

Piedra negra sobre una piedra blanca
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

2. El rayo que no cesa. Miguel Hernández

Sinópsis
Poeta singular cuya figura se ha engrandecido hasta la categoría de mito, Miguel Hernánez (1910-1942) sólo alcanzó a ver publicado en vida El rayo que no cesa, que salió de las prensas pocos meses antes del estallido de la Guerra Civil. Poemario amoroso impregnado de fuerza, la obra, única del autor cuya distribución y venta toleró en la posguerra el régimen franquista, no tardó en convertirse, tanto por su valor intrínseco como por el simbólico que inmediatamente llevó aparejado, en un libro emblemático.
«El rayo que no cesa -escribe Jorge Urrutia en el excelente prólogo que acompaña al texto- es un libro mayor, no sólo en la obra de Miguel Hernández, sino de la poesía española del siglo xx. Un libro en el que el poeta sabe aunar y personalizar las influencias clásicas y modernas… Un libro que provoca desde el principio la simpatía, la implicación del lector, por la propia aventura de su textualidad pero, también, por la atracción que ejerce un poeta perseguido siempre por un clima trágico.»


Edición recomendada 
Nº de páginas: 80 págs. 
Editorial: Alianza Editorial
Lengua: Castellano
Encuadernación: Tapa blanda bolsillo 
ISBN: 9788420669090 
Año edición: 2010 
Plaza de edición: Madrid


El autor
Poeta y dramaturgo español nacido en Orihuela (Alicante). Manifiesta en sus obras un hondo sentido de la tragedia y una sensibilidad muy propia del siglo XX, empleando para ello las formas líricas españolas tradicionales. La poesía de Miguel Hernández se caracteriza por su intenso lirismo, tanto en su primera colección de poemas, sumamente elaborados, Perito en lunas (1933), como en los sonetos de corte clásico de El rayo que no cesa. Sus poemas tratan principalmente del amor, la muerte, la guerra y la injusticia, temas que conoció y experimentó con intensidad. Comunista desde los 26 años, luchó en el bando republicano durante la Guerra Civil española. Fue condenado a muerte por los fascistas victoriosos, pero, tras las airadas protestas que provocó esta condena, se le conmutó la sentencia por cadena perpetua. Durante su estancia en prisión escribió Cancionero y romancero de ausencias (1958), una serie de poemas dedicados a su esposa, que vivía en condiciones miserables. Murió en prisión a la edad de 31 años.  © eMe



El testimonio de Pablo Neruda

'Uno de los amigos de Federico y Rafael era el joven poeta Miguel Hernández. Yo lo conocí cuando llegaba de alpargatas y pantalón campesino de pana desde sus tierras de Orihuela, en donde había sido pastor de cabras. Yo publiqué sus versos en mi revista Caballo Verde y me entusiasmaba el destello y el brío de su abundante poesía.
Miguel era tan campesino que llevaba un aura de tierra en torno a él. Tenía una cara de terrón o de papa que se saca de entre las raíces y que conserva frescura subterránea. Vivía y escribía en mi casa. Mi poesía americana, con otros horizontes y llanuras, lo impresionó y lo fue cambiando.
Me contaba cuentos terrestres de animales y pájaros. Era ese escritor salido de la naturaleza como una piedra intacta, con virginidad selvática y arrolladora fuerza vital. Me narraba cuán impresionante era poner los oídos sobre el vientre de las cabras dormidas. Así se escuchaba el ruido de la leche que llegaba hasta las ubres, el rumor secreto que nadie ha podido escuchar sino aquel poeta de cabras.
Otras veces me hablaba del canto de los ruiseñores. El Levante español, de donde provenía, estaba cargado de naranjos en flor y de ruiseñores. Como en mi país no existe ese pájaro, ese sublime cantor, el loco de Miguel quería darme la más viva expresión plástica de su poderío. Se encaramaba a un árbol de la calle y, desde las más altas ramas, silbaba o trinaba como sus amados pájaros natales.
Como no tenía de qué vivir le busqué un trabajo. Era duro encontrar trabajo para un poeta en España. Por fin un vizconde, alto funcionario del Ministerio de Relaciones, se interesó por el caso y me respondió que sí, que estaba de acuerdo, que había leído los versos de Miguel, que lo admiraba, y que éste indicara qué puesto deseaba para extenderle el nombramiento. Alborozado dije al poeta:
- Miguel Hernández, al fin tienes un destino. El vizconde te coloca. Serás un alto empleado. Dime que trabajo deseas ejecutar para que decreten tu nombramiento.
Miguel se quedó pensativo. Su cara de grandes arrugas prematuras se cubrió con un velo de cavilaciones. Pasaron las horas y sólo por la tarde me contestó. Con ojos brillantes del que ha encontrado la solución de su vida, me dijo:
-¿No podría el vizconde encomendarme un rebaño de cabras por aquí cerca de Madrid?
El recuerdo de Miguel Hernández no puede escapárseme de las raíces del corazón. El canto de los ruiseñores levantinos, sus torres de sonido erigidas entre la oscuridad y los azahares, eran para él presencia obsesiva, y eran parte del material de su sangre, de su poesía terrenal y silvestre en la que se juntaban todos los excesos del color, del perfume y de la voz del Levante español, con la abundancia y la fragancia de una poderosa y masculina juventud.
Su rostro era el rostro de España. Cortado por la luz, arrugado como una sementera, con algo rotundo de pan y de tierra. Sus ojos quemantes, ardiendo dentro de esa superficie quemada y endurecida al viento, eran dos rayos de fuerza y de ternura.
Los elementos mismos de la poesía los vi salir de sus palabras, pero alterados ahora por una nueva magnitud, por un resplandor salvaje, por el milagro de la sangre vieja transformada en un hijo. En mis años de poeta, y de poeta errante, puedo afirmar que la vida no me ha dado contemplar un fenómeno igual de vocación y de eléctrica sabiduría verbal. 



El poema recomendado
Elegía
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

1. Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Pablo Neruda

Sinopsis 
Publicado por primera vez en 1924, Veinte poemas de amor y una canción desesperada es quizá el libro de Neruda que ha obtenido una más vasta popularidad y a la vez significó la plena consolidación del prestigio literario de su autor en el área hispánica. Obra de gran envergadura literaria, el remanente de la herencia modernista fue aliado en ella por Neruda de modo admirable a los hallazgos expresivos de la nueva vanguardia en una serie de piezas de conmovida intensidad lírica, cuyo acento de plenitud vital, exaltación genésica y erotismo panteísta cede el paso, en la hora de los duelos y las separaciones, a un tono de melancolía que le hermana a la herencia romántica. Intocables en su definitiva rotundidad de pieza maestra, estos Veinte poemas de amor y una canción desesperada constituyen sin duda una de las mayores cimas de la poesía amorosa en lengua castellana.






Edición recomendada  


Nº de páginas: 219 págs
Editorial: Porrua
Lengua: Castellano 
Encuadernación: Tapa blanda 
ISBN: 9789700767567 
Año edicón: 1926
Plaza de edición: México

 

El autor
Poeta chileno, considerado uno de los más importantes del siglo XX. Hijo de un ferroviario, y huérfano de madre cuando solo había vivido un mes, escribía poesía desde muy joven (el seudónimo comenzó a usarlo cuando apenas tenía dieciséis años). Gabriela Mistral lo inició en el conocimiento de los novelistas rusos, que el poeta admiró toda su vida. Estudió para convertirse en profesor de francés, sin llegar a lograrlo. Su primer libro, cuyos gastos de publicación sufragó él mismo con la colaboración de amigos, fue Crepusculario (1923). Al año siguiente, su Veinte poemas de amor y una canción desesperada se convirtió en un éxito de ventas (ha superado el millón de ejemplares), y lo situó como uno de los poetas más destacados de Latinoamérica. Entre las numerosas obras que le siguieron destacan Residencia en la tierra (1933), que contiene poemas impregnados de trágica desesperación ante la visión de la existencia del hombre en un mundo que se destruye, y Canto general (1950), un poema épico-social en el que retrata a Latinoamérica desde sus orígenes precolombinos. La obra fue ilustrada por los famosos pintores mexicanos Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Como obra póstuma se publicaron, en el mismo año de su fallecimiento, sus memorias, con el nombre de Confieso que he vivido. Poeta enormemente imaginativo, Neruda fue simbolista en sus comienzos, para unirse posteriormente al surrealismo y derivar, finalmente, hacia el realismo, sustituyendo la estructura tradicional de la poesía por unas formas expresivas más asequibles. Su influencia sobre los poetas de habla hispana ha sido incalculable y su reputación internacional supera los límites de la lengua. En reconocimiento a su valor literario, Neruda fue incorporado al cuerpo consular chileno y, entre 1927 y 1944, representó a su país en ciudades de Asia, Latinoamérica y España. De ideas políticas izquierdistas, fue miembro del Partido Comunista chileno y senador entre 1945 y 1948. En el año 1970 fue designado candidato a la presidencia de Chile por su partido y, entre 1970 y 1972, fue embajador en Francia. En 1971 recibió el Premio Nobel de Literatura y el Premio Lenin de la Paz. Antes había obtenido el Premio Nacional de Literatura (1945).  © eMe


La polémica de la obra
Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada se convirtió en el libro de poesía más leído del siglo XX, con más de 10 millones de ejemplares editados, según Hernán Loyola, autor de sus Obras Completas.
Sin embargo, Alone, entonces cronista literario de La Nación, y quien lo ayudó económicamente a publicar su primer libro: Crepusculario, escribió una ácida crítica sobre el texto, pese a su rápido éxito de ventas.
Amargado, Neruda replicó en este mismo diario a través de una altiva declaración, Exégesis y Soledad, documento que se transformó en una explicación de su obra cumbre. Aquí aporto esta desconocida disputa literaria entre el más renombrado crítico chileno y el gran poeta:
 
Alone
Diario La Nación (3 de Agosto de 1924).
“Dicen que los aplausos prematuros han engreído un poco a este poeta demasiado joven; que un círculo de admiradores lo rodea, especie de pequeño cenáculo ambulante en el cual uno desempeña el papel de Secretario y le lleva los manuscritos, y los otros llevan corbata a la Neruda y hasta sombrero a la Neruda.
Conozco de cerca al autor de estos Veinte Poemas y puedo afirmar que no hay una palabra de verdad en semejante leyenda, pero la cuento, porque me parece encantadora y estoy seguro de que, andando el tiempo, habrá de figurar... en alguna Historia de la Literatura Chilena con anécdotas…
... Abramos sin pasión su segundo volumen poético. Parece más raro y menos accesible que el primero… Aquí domina cierta especie de sequedad entrecortada, casi dolorosa, una violencia de expresión, hija tal vez del excesivo afán de novedad. El poeta quiere separarse a toda costa de los otros, los viejos, los de ayer, los de anteayer y corta amarras, bate el ala al viento, trata de alejarse y huir.
…Las mujeres siempre encuentran hermosas las palabras de amor que se dirigen a ellas; pero nosotros las hallamos (éstas) desconcertantes, faltas de sentido, desorientadas…
Comprendo… que se necesita cierta locura para hablar en versos y cantar… pero la locura, como todo, tiene su límite… Las invisibles e innumerables lógicas nos envuelven y el que la rompe cae en el silencio, no despierta ecos, no toca fibras sensibles, grita hacia otros mundos y sólo en otros mundos será escuchado. Con frecuencia este muchacho dulce, obstinado y pensador que es Pablo Neruda parece que nos volviera la espalda y le estuviera hablando a otros, en jerigonzas. Dan deseos de tomarlo del brazo y llamarlo: -Oiga ¿qué decía usted? …Nos miraría con una profunda mirada y seguiría conversando con los elfos genios de la noche.
Mejor será escucharlo con paciencia y tratar de coger de a una sus expresiones. Seguramente vale la pena. Algo se puede afirmar de sus palabras y es que nunca dice vulgaridades, esas tonterías viejas, más desconsoladoras que lo que no entendemos.
Y a veces nos hace pasar ante la vista seres deslumbrantes… o bien tiene toques de una amable delicadeza fina y sonriente… Pero es poco, muy poco todo esto para un libro, aún cuando el libro se lea en diez minutos por su abundancia de páginas en blanco.
La sensación total es la de una sementera que aún no asoma a la superficie.
La tierra está hinchada… se ve que pasaron el arado una y otra vez… hicieron los surcos, echaron con pródiga mano los gérmenes.
Todavía no brotan, falta el agua de la emoción humana, falta el tiempo vivificador… Hasta ahora nosotros sólo podemos presentirlo, acercando mucho el oído, con buena voluntad y examinados también a microscopio las ligeras hierbas verdes tiernas que asoman muy espaciadas y tímidas a la luz. Ahí saldrán. Esperemos como los labradores que siempre aplazan su esperanza para el año próximo”.

Pablo Neruda
Exégesis y soledad. La Nación (20 de Agosto de 1924).
“La crítica oficial de Santiago, por boca del escritor Alone y de don Mariano Latorre, ha expresado su disgusto por la publicación de mi último libro de poemas. No valdría tomar en cuenta estas dos opiniones: la clerical superficialidad del primero y la vaciedad del segundo, me dan la clave de esta valerosa cerrazón.
Alguna vez ha de hablar uno. Demostración de descontento: ¿por qué callarla? Algo heroico, incontaminado, libre, se ha forjado adentro de mí, a golpes de anhelo y de poder; hacia fuera lo he tirado en palabras, doliéndome, sangrándome el corazón: también fabricaré esta vez agua para lavarlo de la mirada de los peluqueros.
Emprendí la más grande salida de mí mismo: la creación, queriéndola iluminar las palabras. Diez años de tarea solitaria, que hacen con exactitud la mitad de mi vida, han hecho sucederse en mi expresión ritmos diversos, corrientes contrarias. Amarrándolos, trenzándolos, sin hallar lo perdurable, porque no existe, ahí están veinte poemas de amor y una canción desesperada. Dispersos como el pensamiento en su inasible variación, alegres y amargos, yo los he hecho y algo he sufrido haciéndolos. Sólo he cantado mi vida y el amor de algunas mujeres queridas, como quien comienza por saludar a gritos grandes la parte más cercana del mundo.
Traté de agregar cada vez más la expresión de mi pensamiento y alguna victoria logré: me puse en cada cosa que salió de mí, con sinceridad y voluntad. Sin vacilar, gente honrada y desconocida -no empleados ni pedagogos que me detestan personalmente- me han mostrado sus gestos cordiales, desde lejos. Sin darles importancia, concentrando mi fuerza para atajar la marea, no hice otra cosa que dar intensidad a mi trabajo. No me cansé de ninguna disciplina porque nunca la tuve; la ropa usada que conforma a los demás, me quedó chica o grande, y la reconocí sin mirarla.
Buen meditador, mientras he vivido he dado alojamiento a demasiadas inquietudes para que éstas pasaran de golpe por lo que escribo. Sin mirar hacia ninguna dirección, libremente, inconteniblemente, se me soltaron mis poemas.
Está bien si alguien de entre los hombres, en cualquier tiempo, se reconoce en ellos, y no porque les desagraden, voy a pedir disculpas a comerciantes o bomberos”.

 

El poema recomendado
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. 



A continuación el poema con la voz de Pablo Neruda: